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Juan Gregorio Valenzuela, el hombre que no se rindió

Esa noche del 15 de agosto de 1972, Rawson se oscureció más allá de lo habitual. En la Unidad 6, un grupo armado avanzaba desde el interior, camuflados en uniformes ajenos, con armas que no deberían haber tenido. Desde el puesto de entrada, Juan Gregorio Valenzuela, correntino, padre de cinco hijos —uno de ellos de crianza—, gritó con voz firme: “¡Alto! ¿Quién vive?”. Pero no hubo respuesta. Y en ese silencio, comprendió que algo andaba mal. Intentó buscar su arma. No llegó a usarla. Una ráfaga de disparos lo alcanzó antes. Ya caído, uno de los rostros más crueles de aquella historia, Ana María Villarreal de Santucho, se acercó y, con un tiro más, borró para siempre la posibilidad de un regreso a casa.

Juan Gregorio tenía 39 años. Era el sostén de su familia. Su hija Mirtha tenía apenas 10. Aquel día, la espera se hizo interminable para su madre, que no entendía por qué su esposo no volvía. Fue un enfermero quien llegó con la noticia. Ella recuerda el momento con una claridad que duele: su madre cayendo al suelo al recibir la peor de las verdades.

Hoy, más de medio siglo después, sigue golpeando puertas que nadie quiere abrir. Porque aunque su padre fue asesinado por terroristas armados que planearon durante meses esa fuga, ningún gobierno, ni provincial ni nacional, lo ha reconocido como lo que fue: un héroe.

Juan Gregorio evitó una tragedia mayor. Los disparos que acabaron con su vida frustraron parte del plan, alertaron a quienes esperaban a los presos fuera del penal, retrasaron la huida y permitieron la captura de varios de ellos en Trelew, y otros tantos no lograron salir de la Unidad 6. Gracias a su reacción, aún sin armas en mano, muchos otros sobrevivieron. Pero a pesar de su valor, su nombre permanece en silencio, relegado a una ceremonia interna, puertas adentro de la penitenciaría, en voz baja, cada 15 de agosto. Ninguna plaza tiene una placa con su nombre. Ninguna calle recuerda su sacrificio. Solo su familia —y algunos medios locales— lo mantienen vivo en la memoria.

Fue velado con guardia de honor. Su hija recuerda la venda en su cabeza, el silencio espeso del dolor, la incomprensión de la niñez y el peso de una ausencia que se haría eterna. Recién nueve días después de que se fue a trabajar pudo verlo. Fue la última vez.

Trabajó años después en la misma unidad penitenciaria donde asesinaron a su padre. Su hijo y una sobrina también siguieron ese camino. Dice que no fue duro, fue un orgullo. Una manera de no abandonar la historia. De no permitir que el olvido lo mate dos veces.

Y aunque su historia fue tapada por la narrativa dominante, la de la “Masacre de Trelew”, ella insiste: “Todo comenzó el 15 de agosto. No el 22. A mi papá lo mataron siete días antes.”

No busca dinero. No busca indemnizaciones. No busca venganza. Lo único que pide —con la voz entrecortada— es justicia. Que se reconozca a su padre por lo que fue. Que se le otorgue el grado que le corresponde como caído en acto de servicio. Que alguna vez, en algún acto, alguien diga su nombre con respeto. Que deje de ser el “milico muerto” y pase a ser el hombre que puso el cuerpo para impedir que el plan sea perfecto.

“Yo no voy a bajar los brazos”, afirma. “Mi mamá murió esperando justicia. Yo la voy a conseguir.”

Cada vez que se recuerda la “Masacre de Trelew”, cada vez que algún funcionario saluda a los familiares de los fugados, cada vez que en Rawson se rinde homenaje a quienes empuñaron las armas para matar, revive el dolor. Porque a su papá no lo mató el azar. Lo mató el odio. La impunidad.

Mientras tanto, la familia Valenzuela quedó deshecha. Su madre murió sin obtener justicia. Y a ella, aún hoy, nadie la escucha. Recuerda que en una oportunidad, supo que la hija de quien asesinó a su padre fue indemnizada por la muerte de su madre. Ella, en cambio, no recibió nada. Y no lo dice con resentimiento económico, sino con un dolor imposible de tapar: “A mí me dejaron sin papá.”

“Lo único que quiero, antes de irme a otro mundo, es que mi padre tenga justicia.” Su madre y dos de sus hermanos partieron con esa esperanza. Ahora es ella quien se aferra a esa misión. No se resigna. No puede. No debe.

“Mi papá era milico, como dicen ellos, pero era un ser humano. Tenía familia. ¿Con qué necesidad lo mataron? ¡Le metieron casi 15 tiros!”

Mirtha nació, creció y estudió en Chubut. Tiene hijos y sobrinos en esa misma tierra. A ninguno le contaron en la escuela la historia de Juan Gregorio Valenzuela. Solo la de sus asesinos.

Recuerda, entre lágrimas, una anécdota: cuando Hebe de Bonafini visitó Chubut para un nuevo aniversario de la “Masacre de Trelew”, su sobrina fue al acto. Al escuchar a Bonafini decir: “Durante la fuga hubo un muerto, un milico de apellido Valenzuela,” la joven se paró y dijo: “Yo soy la nieta de Valenzuela.” La respuesta fue: “Bueno, disculpame, alguien tenía que morir, fue un daño colateral.”

¿Daño colateral? No lo acepta. “Si él hubiera querido, se entregaba. Pero era un correntino de ley. No iba a traicionar sus ideales.”

Cada 15 de agosto, recibe llamados de los mismos medios radiales locales. Y ya exhausta, Mirtha responde siempre lo mismo: que no hay nada nuevo que contar, que su padre sigue olvidado, que la justicia no llega. Pero sueña con el día en que pueda decirles: “Alguien nos escuchó. Alguien honró su memoria.”

No pierde la esperanza de que algún día, el asesinato de su padre sea reconocido como delito de lesa humanidad. Lo ha intentado todo. Pero nadie quiere tomar la causa. Nadie quiere abrir esa puerta.

Y sin embargo, ella sigue. Porque si hay algo que aprendió de Juan Gregorio Valenzuela, es que rendirse no es una opción.

Juan Gregorio Valenzuela
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